| DESENFRENO
Y AVENTURAS SEXUALES
UN RELATO ERÓTICO
Un sugerente comentario
acerca de la obra Pecados sin cuento, una colección
de relatos del conocido escritor norteamericano y premio
Pulitzer, Richard Ford.
Sus poderosas narraciones nos recuerdan el realismo sucio
de Raymond Carver, ante un mundo de pérdida de valores,
magistralmente descrito por una serie de parejas en crisis,
que viven la infelicidad del desencanto. Sus historias nos
muestran unos personajes para los que la infidelidad parece
ser la única salida. El personaje del primer cuento
de este libro, Intimidad, parece recordar una época
en que su matrimonio [el del escritor] era todavía
feliz, pero sin embargo lo sorprendente de su relato es
que evoca cómo se deleitaba entonces observando a
una vecina desnudarse, mientras su mujer dormía plácidamente.
Es como si la infidelidad acompañara a sus personajes,
incluso en los momentos más felices de su vida.
Este incomprensible deseo de evasión se presenta
en estos relatos como un hecho inevitable. Por lo que es
inútil preguntarse sobre las razones o el proceso
que nos lleva a semejante huida. Es como si no hubiera motivo
alguno para la infidelidad. Por eso el autor se centra en
el momento mismo de la traición, como ante la revelación
de una verdad profunda. Ya que sus personajes no entienden
de dónde viene el vacío que les empuja continuamente
a buscar nuevas "compensaciones". Son seres confusos,
que presentan una apariencia de solidez, pero sufren una
completa pérdida de valores. Estos relatos nos presentan
así el instante del engaño, generalmente un
adulterio, aunque también en relación al abandono
de animales u otras personas con las que nos sentimos comprometidas
sentimentalmente, pero a las que inexplicablemente fallamos.
Estas narraciones podrían ser muy
bien por eso las historias de un moralista, si no fuera
porque el autor deja siempre que el lector saque sus propias
conclusiones. Ya que no se juzga nunca la conducta de sus
personajes, sino que se asiste como un testigo objetivo,
al impulso de un deseo que desencadena toda una serie de
cataclismos en la vida propia y la de los demás,
no por previsibles, menos terribles. Estos ególatras
no reflexionan en ningún momento sobre el daño
profundo que van a causar. Lo único que piensan es
en eludir sus posibles responsabilidades.
En este mundo es como si las debilidades o desgracias no
fueran sino meros accidentes de funcionamiento, ya que nadie
parece percatarse de la magnitud de la tragedia que está
viviendo. No hay ni siquiera conciencia de fracaso. A pesar
de su evidente desastre, todos se repiten que es normal
lo que les sucede. No tenemos por eso comprensión
para su engaño, abuso o deserción. Al leer
que la mujer atropella al marido ofendido, que el hijo es
usado como objeto de diversión por el padre que le
ha abandonado, o que el cachorro es llevado a morir en la
perrera, al verse amenazada la comodidad de su matrimonio
por aquel animal abandonado en su jardín, no sentimos
más que desprecio por sus decisiones. Mientras ellos
dicen "lo siento, pero hicimos lo correcto, probablemente
estará bien".
Esa increíble capacidad de autoengaño
es la que nos hace justificarnos una y otra vez ante la
clara realidad de nuestro egoísmo. Razones nunca
nos faltan. Tenemos explicación para todo. Pero si
viéramos la realidad de nuestra vida objetivamente,
con la mirada que Ford asiste impasible a las miserias de
sus personajes, sentiríamos el mismo rechazo que
nos produce su conducta. Jesús se enfrenta así
a la moral de personas que piensan que porque no roban,
ni matan, no hacen por eso mal alguno, cuando basta una
palabra para matar o una mirada para engañar (Mateo
5:21-28; La Biblia). Todos somos culpables ante Aquel que
todo lo ve y lo conoce. A Él no le podemos engañar.
El protagonista de la última historia de este libro,
Abismo, casi una novela corta, recorre el desierto de Arizona
para ver el Gran Cañón, al tener una aventura
con una compañera de trabajo, que está casada
como él, y es también agente inmobiliaria.
Al lado de la carretera, junto a un casino, descubren una
pequeña capilla con un cartel que dice: Jesús
murió por tus pecados. Howard recuerda entonces que
su familia un día había sido cristiana. Eran
presbiterianos escoceses que emigraron a América.
"Ahora ya no eran cristianos en sentido estricto",
ya que "el domingo era el día que todos
dedicaban a sí mismos, pero eran personas estupendas".
Pero esto "le hizo considerar que la vida, en el
mejor de los casos poseía una entidad pequeña
y apenas perceptible". Por lo que "podías
echar a perder tu entidad antes de darte cuenta".
Entonces "también se le ocurrió que,
sin duda estaba en pleno proceso de echar a perder la suya".
Aquella mañana Howard se levantó
para desayunar en el motel, cuando estaba todavía
su compañera en la cama, después de haber
tenido esa noche una decepcionante relación sexual.
Al ver aquella capilla en el desierto, se sintió
"árido, vacío, cegador, gélido,
extraño, se hacía difícil respirar".
Era como si "todo lo que le rodeaba era el verdadero
infierno, y no el infierno subterráneo del que le
había hablado su padre". Aquello "le
provocó un escalofrío que le dejó rígido".
Es como si "el simple hecho de estar allí
era suficiente para ponerte los pelos de punta, y hacerte
desear que Jesús estuviera de tu parte, antes de
que fueras víctima de algo terrible, de una desesperación
de la que no podrías escapar por ser tan pequeño
e insignificante".
La muerte de esa persona que se anuncia con el nombre incompleto
de Jesús proclama que nuestras vidas no son tan insignificantes
como para que nuestros actos se queden sin consecuencias.
El error de nuestras decisiones supone un fracaso moral
que no deja al Señor de la vida indiferente. Su indignación
es tal que no dejó a su propio Hijo libre de las
consecuencias del pecado. El Justo al tomar nuestro lugar,
sufrió el castigo que nosotros merecíamos.
Pero también anunció que aquel que no encuentra
en Él su justicia, sufrirá también
las consecuencias de sus propios actos. Algo terrible nos
espera, si continuamos engañándonos a nosotros
mismos. Pero "si confesamos nuestros pecados, él
es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos
de toda maldad" (1 Juan, 1:8-9). Aunque no seamos
fieles, él es fiel y justo para perdonarnos, cuando
venimos a él, confiados en que Jesús murió
por nuestros pecados sin cuento.
©
José de Segovia en Protestante Digital, adaptado
por Delirante
El autor ha sido ponente
en ponencias organizadas por Delirante, como la titulada
Respuestas al Código Da Vinci que puedes escuchar
pinchando
aquí 
o La astrología: ¿verdad o fraude?, pinchando
aquí
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