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sexo y menOs religión
Hace unos años,
en la calle por la transcurría una marcha de miles
de cristianos en pleno centro de Madrid se podía
observar un gran cartel que se enarbolaba desde un balcón
con el siguiente texto: “más sexo y menos religión”.
Es probable que la intención de quien agitaba tan
interesante mensaje no estuviese exenta de cierto tinte
provocador. Pero lo que quizás no esperase el susodicho
cartelero es que varios de los creyentes que caminaban bajo
el letrero aplaudiesen la iniciativa. Que un grupo de cristianos
pueda empatizar con semejante frase puede sorprender a algunos,
aunque no debería extrañar tanto...
Y es que durante muchos siglos la Iglesia oficial censuró
parte de la Biblia debido a su contenido erótico.
El Cantar de los Cantares es un libro bíblico que
hoy día sigue escandalizando a mucho reprimido religioso
que anda suelto por ahí. Sus sensuales líneas
poéticas, llenas de alusiones al deseo físico
y emocional, son un ejemplo que desmitifica por completo
la falsa tesis del “sexo contra religión”.
Bueno, quizás sí que el lema sea válido
si hablamos de religión en la más perversa
de sus acepciones (manipulación, aburrimiento, ritos,
mecanicidad, ataduras...), o quizás la frase pueda
valer si nos referimos al sexo como pérdida de libertad.
Y es que todo en la vida es susceptible de ser deformado,
sobre todo aquello que es más valioso.
En el caso el sexo
explícito, en la Biblia no se busca el mal gusto.
No trata de entrar en una escalada del recurrente sensacionalismo
y morbo tan de moda hoy. Pero con todo, y aunque no lo reconozcamos,
el sexo sigue siendo hoy día un tabú. Si no
lo fuera, no nos reiríamos tanto de un chiste cuyo
único y supuesto elemento humorístico es simplemente
la alusión sexual. Tampoco los jóvenes romperían
a reír cada vez que al profesor le sale un comentario
susceptible de encontrarle el doble sentido con connotación
sexual. Si hablar de sexo es algo ya superado, ¿por
qué nos reímos? Y es que estas circunstancias
demuestran que la sexualidad sigue siendo un asunto sin
normalizar; pero para Dios, el sexo bien entendido, no es
algo censurable.
El sexo es una
de las creaciones más sublimes. Las auroras boreales,
el canto de las ballenas, los montes nevados, el atardecer
de verano, la sonrisa de un feto, un campo de flores, la
música... y, por supuesto, el sexo. Y precisamente
porque el sexo es algo tan bueno es por lo que se convierte
en objeto predilecto de manipulación: vejaciones,
esclavitud, adicciones... ¿Cuánto tiempo
pierden los adictos al sexo? Puff... ¿Cuándo
quedan satisfechos? Puff... ¿Cuándo se
sienten libres? Y, ahí está el problema, porque
lo diabólico nunca es creación, sino deformación
de lo divino. Y por eso el sexo puede llegar a causar tanta
privación de libertad, porque sólo lo más
sublime es susceptible de ser manipulado. Para Dios, el
valor dado a la sexualidad y, por ende, a las personas es
tan alto que queda totalmente desvinculado de la concepción
persona-objeto.
En nuestra sociedad cuesta comprender que el sexo quede
fuera de lo comercial y lo público, pero el concepto
del compromiso y la intimidad como albergues de la sexualidad
elevan la importancia del sexo. Es muy probable que quien
diga que el cristianismo fomenta la represión sexual
no haya experimentado nunca lo que significa conocer a Jesucristo
de forma personal. Y lo decimos así porque en la
vida del creyente se espera que lo sobrenatural entre en
juego, pues ser cristiano es también darle importancia
al sexo. Y precisamente por esta razón es por lo
que no nos conformamos con movernos sólo por instinto.
Creemos que valemos y que somos algo más: valemos
la vida del propio Creador dada por nosotros y el consecuente
convencimiento de que convertirnos es seres eternamente
amados nos ayuda a gestionar el sexo.
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