C.S. Lewis: el ateo transgresor

 

Clive Staples Lewis es uno de esos escritores de enorme calado en todo el mundo que pasa casi desapercibido en nuestro país. Sorprende que sea más conocido por ser el “amigo de Tolkien” que por su amplia e influyente obra, que abarca desde los cuentos infantiles (Las crónicas de Narnia) hasta libros de apologética cristiana, pasando por novelas de ciencia-ficción (La trilogía de Ramsón). No obstante es considerado uno de los escritores cristianos más influyentes de la historia, y sus escritos, sin lugar a dudas, merecen ser leídos con detenimiento.

Sin embargo, C. S. Lewis no siempre aceptó el cristianismo como algo válido para su vida. Por contra, fue un defensor a ultranza del ateísmo, y contemplaba el universo como un espacio teñido de frialdad y vacío, cargado de muerte, enfermedades, dolor. La realidad, para Lewis, testificaba en contra de la existencia de un Dios creador; pero “la solidez y facilidad de mis argumentos planteaban un problema: ¿Cómo es posible que un universo tan malo haya sido atribuido constantemente por los seres humanos a la actividad de un sabio y poderoso Creador? Tal vez los hombres sean necios, pero es difícil que su estupidez llegue hasta el extremo de inferir lo blanco de lo negro”.

“Lewis se encuentra de frente con un Dios que no discute con él y que no cesa de decirle: Yo soy el Señor”

Pese a todo, el ateísmo para Lewis era la opción más cómoda, pues “el universo del materialista tenía el enorme atractivo de que te ofrecía una responsabilidad limitada. Ningún desastre estrictamente infinito podía atraparte, pues la muerte terminaba con todo [...]. El horror del universo cristiano era que no tenía una puerta con el cartel de ‘Salida’”. Curiosamente, los escritores con los que se sentía más inspirado tenían el común denominador de ser cristianos. Entre ellos, quizá el que más influencia tuvo sobre él fue Chesterton. Pero hubo un hecho que desencadenó finalmente la aceptación del cristianismo bíblico por parte de Lewis: “A principios de 1926, el más convencido de los ateos que conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las pruebas de la historicidad de los evangelios eran sorprendentemente buenas”. En este estado de cosas, la filosofía de C. S. Lewis se encuentra de frente con un Dios que no discute con él y que no cesa de decirle: “Yo soy el Señor”. “Aquel [...] con quien no deseaba encontrarme [...] cayó sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, oré.” “Hasta entonces yo había supuesto que el centro de la realidad sería algo así como un lugar. En vez de eso, me encontré con que era una Persona.” Y esa Persona es Jesucristo. Aceptar esto constituyó para Lewis la última parte del proceso: “Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, y cuando llegamos al zoológico, sí. Pero no me había pasado todo el trayecto sumido en mis pensamientos, ni en una gran inquietud [...]. Mi estado se parecía más al de un hombre que, después de dormir mucho, se queda en la cama inmóvil, dándose cuenta de que ya está despierto”.

© Tomado de José Ramón Ayllón, Dios y los náufragos, Editorial Belacqua, Barcelona, 2002. Adaptado por delirante.org


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