El
regreso del hijo pródigo
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| Si uno se fija
con detenimiento en el detalle del cuadro, se puede
apreciar que la mano izquierda es fuerte y reconforta
con firmeza el hombro y parte de la espalda del hijo,
y a pesar de su robustez, la mano se extiende a modo
de perdón incondicional. La derecha es mano de
mujer; elegante y tierna. |
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Podríamos organizar una peregrinación
a San Petersburgo aunque sólo fuese para contemplar
la evangélica escena de El regreso del hijo prodigo
a la que Rembrandt dio vida en todos los sentidos. Gracias
a esta pintura, el Museo Ermitag posee esa luz especial propia
de lo auténtico y que empapa la galería rusa
de un ambiente cálido y de espiritualidad tangible.
En esta sublime epístola de colores lo primero en lo
que el observador se fija es en que las manos del padre se
diferencian la una de la otra. La mano izquierda es fuerte
y reconforta con cierta firmeza el hombro y parte de la espalda
del hijo, y a pesar de su robustez, la mano se extiende transmitiendo
un sinuoso y complaciente perdón incondicional. La
derecha es distinta, es mano de mujer; elegante, tierna y
anhelante de acariciar, escuchar, comprender y por supuesto
reconfortar. Ahí está Dios, padre y madre, ternura
y poder, femenino y masculino... sin sexo, absorbiendo
las virtudes de los progenitores soñados.
En la obra se ilumina el rostro de un padre que nunca ha dejado
de esperar. El hijo se pega con fuerza a su vientre, acaba
de nacer otra vez y por eso Rembrandt le atribuye la cara
de un feto casi ciego, herido, deseoso de vida y asqueado
de vacío.
A la derecha del cuadro se encuentra el hermano contemplando
la escena. Sus ropajes bien puestos resaltan una mirada llena
de juicio. Es religioso de toda la vida, es altivo y bien
podría representar a aquellos que depositan su identidad
en ser “protestantes”, “católicos”
o simplemente en pertenecer a una denominación respetable.
Son quienes se olvidan de que “quien quiera ganar una
identidad en este mundo, la perderá; y que todo el
que reniegue de desear una identidad a causa de Jesús,
la obtendrá de verdad”.
Este hombre destila todo aquello a lo
que Cristo se enfrentó: hipocresía, religiosidad
supeditada a las formas, legalismo, intransigencia...
Es aquel que no puede tolerar los pecados que son diferentes
a los suyos, aquel que puede cantar el domingo que todas las
razas son iguales sin poder disimular que algo feo se le enciende
en su interior cuando ve que los últimos visitantes
de su iglesia son inmigrantes de clase social baja. El religioso
también se enarbola como defensor de la humanidad en
las tertulias de salón y se hace el olvidadizo con
el moribundo de su calle, como si evitase que la mirada de
ese corazón sufriente se pudiese tornar en burla diabólica
ante quien dice ser cristiano.
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| Espectacular imagen
exterior del museo Ermitag en San Petersburgo (Rusia),
lugar donde se expone El regreso del hijo pródigo
de Rembrandt |
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Cuando veo mi cara en el hijo altivo
me asusto y surge un violento deseo de volver de inmediato
al regazo del padre. No siempre es fácil, pues en
ocasiones hay otros miedos que superan al anterior, y son
temores como el terror a despojarse de ropajes en pleno
invierno, a desnudarse en lugares donde la incredulidad
puede asomarse sobornante si nos fijamos en la fragilidad
del feto del cuadro. Pero la única realidad es que
sólo en la casa del padre tenemos a alguien a quien
dirigirnos cuando nos sentimos agradecidos o cansados. Fuera
yace un frío demasiado viciado para cualquier corazón
necesitado de resurrección. Anhelamos calor de Dios,
suspiramos por un hogar cuando nos convencemos de que nunca
hemos tenido uno, y es al mirar al padre cuando entendemos
que sólo él nos haces sentir únicos.
Ahora nuestro espíritu se desentumece gracias al
aliento de quien no se cansa de esperar, el ánima
se hace libre y ya no pesa... es el calor de padre y
madre, es la vida, es todo.
“Gracia es un nombre de mujer, pero también
se refiere algo que transformó el mundo, y cuando
ella anda por la calle puedes oír las cuerdas, ella
tiene tiempo para andar, lleva el mundo en sus caderas,
aunque no fluye champán de sus labios, lleva una
perla en perfecto estado. Lo que una vez fue herido, lo
que una vez fue ficción, lo que dejó una marca...
Ya no más, porque la Gracia saca belleza de lo más
horrible” Grace, de U2. © delirante.org
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