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JAQUE
MATE
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Pongo la radio del coche inmerso en
el tráfico madrileño y, aunque la noticia está
terminándose de comentar, escucho algo así como
que un par de amigos acaban de concluir una partida de ajedrez
disputada por carta y que comenzó hace treinta años.
Toda una vida hasta llegar al jaque mate.
El ajedrez en el que todos nos movemos es un juego dispar
donde gobiernan miedos y vanidades sobre un mundo de cuadrados
de claridad adosados a cuadriláteros de penumbra en
los que nadie es invencible. La cotidianidad de cada cual
nos ha acostumbrado a contemplar alfiles asustados que observan
con aspavientos las caídas y eliminaciones de las fichas
propias y ajenas. Ver morir cada día, ver a la injusticia
triunfar, ver las consecuencias de las explosiones y explotadores
a cada instante son el pan nuestro de cada día que
la humanidad nos da hoy sin perdonar nuestras deudas y sin
librarnos del mal. Dice un mito tribal que Moisés fue
probablemente el mejor jugador de ajedrez de la historia,
pues sólo él hizo tablas con Dios en el Sinaí.
Lo cierto es que ese chiste apócrifo encierra un simbolismo
en el sentido de que la cruz del Calvario rompe el enfrentamiento
que todo ser humano ha establecido históricamente contra
Dios. Cierto es que esta rebeldía no es otra cosa que
la decisión unilateral de muchos para no entregar la
partida a la guía de Dios, produciendo desconcierto
como fruto recogido.
Los humanos somos tan ingenuos que creemos que nuestras injusticias
serán acalladas por el estrépito de algún
que otro acto bonachón cuando Dios nos pida cuentas
al final de la partida. Es como en la surrealista situación
relatada por Woody Allen en la obra Como acabar de una vez
por todas con la cultura, en la que un individuo trata de
hacer trampas ¡en una partida de ajedrez por correspondencia!
Lo dicho, tan absurdo como pensar que a Dios se le puede ganar
escondiéndole nuestra verdadera condición debajo
del tablero. En palabras de C.S. Lewis: “Pedir a Dios
que nos reciba de nuevo sin arrepentirnos significa pedirle
volver a él sin volver a él. Simplemente no
puede ocurrir”. Una conocida canción del grupo
de pop Mecano ponía voz a una de las fichas del juego,
que con cierta amargura exclama: “Negro, bajito y cabezón,
sólo pude ser peón de negras, lo más
chungo en ajedrez”. Y es que de esta estrategia vital
sorprende la admirable e infravalorada función del
peón, quien nace para sacrificarse por su rey.
En esta línea de lo negro contra lo blanco, y con menos
grises de los que a veces pensamos, el Evangelio de Jesucristo
nos muestra un tablero de extrañezas aún más
sublimes y sorprendentes que el humano juego de mesa. El tablero
de Dios no es siempre el que creamos nosotros. Por esta razón,
el creador vuelve a mostrarnos una alternativa radical a los
vanidosos movimientos humanos, por lo que, otra vez, voltea
por completo nuestros esquemas para sorprendernos con el hecho
de que en el Reino de arriba es el mismo Rey quien se viste
de peón de negras. Y no lo hace para morir por otro
rey, pues ya no hay más Rey que él, descendido
de la gloria y revestido de pieza desnuda, sino que mueve
ficha para que el resto del tablero bicolor y todos los tableros
del universo puedan cantar victoria, sean de fichas blancas
o de fichas negras.
Hasta que llegó este vuelco radical a nuestras vidas,
habíamos pensando que el mundo tenía razón
al decirnos que nacíamos únicamente para aguantar
de pie en la partida durante el mayor tiempo posible y sin
ser dañados en demasía. En eso creíamos
que consistía el juego de la vida.
Pero con la luz del Gólgota, esta mentira ha recibido
el jaque mate. En aquel momento de redención no sólo
se cae el velo de la religión de los templos, sino
que se cae la venda que nos impedía contemplar la hermosura
de una batalla en la que sólo la muerte, su impostor
rey caído y sus alfiles salen finalmente derrotados.
Ahora se nos ha regalado revelación viva y de carne,
una Palabra que es el mismo Dios y que actúa dentro
de nosotros para decirnos que somos libres, que ya hemos ganado,
pues su mano es la que mueve ficha. Lo dicho: jaque mate.
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