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EL
GRITO
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La conocida obra pictórica titulada
El grito ha recobrado popularidad (más aún)
desde que el lienzo fuese robado con cierta facilidad del
museo Munch de Oslo a finales de agosto de 2004. Su creador,
el noruego Edvard Munch, realizó docenas de versiones
de este icono de angustia y soledad humana, una obra que muchos
consideran como el origen del expresionismo contemporáneo.
El artista, allá por 1895, describía con su
voz la miseria recogida en el cuadro: "Iba por un
largo camino con dos amigos mientras se ponía el sol.
El cielo se tornó de repente de color rojo sangre,
me detuve exhausto y vi sobre la ciudad sangre y lenguas de
fuego. Mis amigos continuaban caminado, pero yo temblaba de
pánico y sentía que un enorme e infinito grito
atravesaba la naturaleza".
El grito sigue estando de moda porque es un emblema de la
naturaleza interior del ser humano del siglo XXI. La metadona
de ocio, materialismo, egocentrismo y orgullo han hecho que
los hombres y mujeres de hoy permanezcamos desnaturalizados,
artificiosamente armados de indiferencia espiritual en medio
de una sociedad que te grita que naces y mueres solo, que
te grita que eres uno más de la algarabía urbana
que te grita que no eres especial ni imprescindible, que te
grita que si Dios existiese nunca se interesaría por
ti.
Los efectos de las drogas del tumulto de las mayorías
sirven como confuso analgésico ante la patente cotidianidad
del desgarro del alma plasmado por un enfermo mental como
Munch. Quizás el noruego no estaba tan loco, sino que
sencillamente trataba de ser sincero consigo mismo, pues es
probable que sea más propio de valientes, que no de
enfermos, el hecho de reconocer nuestra desesperación
vital. La debilidad de compromisos entre las personas ha levantado
a la soledad como uno de los grandes cánceres de nuestro
tiempo, una circunstancia a la que se le suma el también
frágil tabú que hemos hecho de la muerte, una
negación que no anula nuestra cita con ella y que por
encima de vanidades nos pone a todos en el mismo saco de madera.
"Vi sobre la ciudad sangre y lenguas de fuego. Mis
amigos continuaban caminado, pero yo temblaba de pánico".
No sé mucho de lo que en verdad recorría el
corazón del pintor nórdico, pero las descriptivas
palabras del genio del frío parecen insinuar una realidad
palpitando más allá de la materia. Munch plasma
en su cuadro un cielo de sangre, como descubriendo que toda
la ciudad está impregnada del precio del rescate pagado
por el mismo Dios en la cruz del Gólgota. Al mismo
tiempo, el protagonista descubre un desgarrador paisaje urbanocelestial
de lenguas de fuego, el perenne símbolo de la acción
misericordiosa del Espíritu de Dios hacia sus hijos.
Sin embargo, sólo un loco como Much se percata de ello.
Sus compañeros de vida "continuaban caminando",
pues ellos no vislumbraban nada. Nada. El grito que desgarra
la naturaleza es la angustia de quien se ha encontrado con
una realidad espiritual que enajena al hombre moderno. Hoy,
de nuevo, el grito noruego se escucha por cada rincón
de los corazones de quienes, aparentemente, lo tienen todo;
corazones escarchados como el país de Munch.
Pero quien hoy se identifica con el personaje de este cuadro
no tiene por qué elegir entre volver con sus indiferentes
compañeros de caminata o desviarse por la senda de
la locura. Hay una tercera opción, pues el alarido
de pánico no es tan sólo el bufido de espanto
que subyace dentro de cada uno. Más que eso, se trata
del lamento genuino de Dios, de su lloro ante unos seres que
lo rechazan pero ante quienes se sigue presentando como la
opción de eternidad y llenura.
Según cuentan los evangelios, fue precisamente un desgarrador
grito lo último que salió del alma desgarrada
de Jesús de Nazaret antes de morir, un sacrificio que
se sigue escuchando hoy y que impregna el cielo de un rojo
sangriento rescatador de soledades y soberbia. El caso es
que muchos nos reconocemos delirantes receptores de ese chillido
y necesitados del abrazo de Dios, porque estamos espantados
de un mundo que se niega a asustarse de sí mismo y
que tiene miedo de recibir el perdón y el amor definitivo
de Dios. Gritar, oír y amar. Nada más humano,
nada más divino.
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