Tras el excelente Marbles, el grupo británico Marillion edita su álbum número catorce. Etiquetados como un grupo de rock progresivo, lo cierto es que son inclasificables, y su sonido está en constante evolución. Con Somewhere else dan un paso más, y nos ofrecen un disco de tono intimista (muy influido por el reciente divorcio del vocalista, Steve Hogarth), con un sonido más directo que se mimetiza perfectamente con la melancólica y dulce voz de Hogarth, al uso del penetrante estilo Jim Kerr (Simple Minds). Es un disco que va ganando con las sucesivas escuchas, y del que sobresale el tema que da título al álbum, Somewhere else, y otros como A voice from the past, The wound o la experimental No such thing.
En las letras, Steve Hogarth se desnuda y muestra sus heridas más recientes (The Wound, Somewhere else), habla sobre la situación actual del mundo (The last century for man, A voice from the past) y nos invita a mirar las cosas como si fuésemos niños (See it like a baby).
Tal vez no llegue a la altura de discos como Brave, Marbles o Misplaced Childhood, pero es una estupenda colección de canciones, perfecta para introducirnos en el mundo Marillion, tal y como algunos delirantes pudimos comprobar en Madrid en 2007 durante uno de sus cercanos directos.
Las letras de Marillion reflejan la clásica frustración con el amor y una vida que parece empeñarse en no arrancarnos esa machacona sensación de vacío interior, tal y como se describe en el vuelo onírico de The Answering Machine, donde se canta de su viaje junto a su amor, aquel que va "de la tierra de los congelados a la tierra de los deprimidos. Viajamos juntos, pero estuvimos siempre solos". Sin embargo, la melancolía de Marillion no deja de soñar con lo auténtico. De hecho, Hogarth está convencido de que "cuando las personas dejan de tener sueños, dejan de tener esperanza, es cuando recurren a una desesperación que en muchos casos degenera en violencia".
La esperanza de las canciones de Marillion suelen apuntar a ese amor anhelado, dejando con ello un halo ambiguo para que esa autenticidad esperada sea lo que uno quiera que sea. Sin embargo, canciones como No One Can o el tema Made Again que bien podrían ser descritos como el canto a la búsqueda de una respuesta genuina que nos sirva de antídoto contra la sensación de fraude que nos susurra la vida, viniendo a dibujarse esa esperanza como la celebración de una especie nuevo nacimiento: "He estado aquí ya muchas veces en una vida que solía vivir, pero nunca he visto estas calles tan frescas, lavadas con la lluvia de la mañana. Ya he visto esta cara mil veces cada mañana de mi vida, pero nunca vi esos ojos tan claros, libres de dudas y dolor. Es como si el mundo hubiese sido hecho otra vez [.] Y todo ha ocurrido porque me hiciste ver lo que es falso y lo que es verdad, cómo mi interior y mi exterior están siendo rehechos por ti" (Made Again). Son destellos de un deseo de trasformación liberadora que no pareciera hallarse en nuestro interior, humanos contradictorios, sino más bien confiado en un acto de bondad superior, como recordando aquella escena del evangelio en el que Jesús se dirige a uno de los religiosos más famosos de su tiempo para sorprenderle con sus palabras: "Te aseguro que si una persona no nace de nuevo no podrá ver el reino de Dios", pues "yo he venido al mundo, y soy la luz que brilla en la oscuridad" (Juan 3).