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Año: 1996
Director: Nicholas Hytner
Actores: Daniel Day-Lewis, Winona Ryder, Joan Allen, Paul
Scofield
Basada en los acontecimientos acaecidos en 1692 en el pueblo de Salem, Massachussets, esta adaptación de la obra teatral de Arthur Miller, Las brujas de Salem, nos sumerge de lleno en un mundo de religiosidad, intolerancia y culpabilidad, pero en el que también tienen su lugar el arrepentimiento y la gracia.
La película, dura y bella a partes iguales, narra la caza de brujas que se desarrolló en una aldea puritana de Estados Unidos a finales del siglo XVII, y en la que un grupo de niñas y adolescentes acusan a un elevado número de vecinos de practicar la brujería. De este modo, se inicia un proceso de caza y captura en el que tiene más fuerza la palabra de las niñas que la lógica, el discernimiento y, no digamos ya, el amor y el perdón.
Es interesante detenerse en la complejidad de los personajes, en especial su protagonista, John Proctor (Daniel Day-Lewis), un hombre acosado por la culpabilidad, pero sincero, auténtico, arrepentido. Es el contrapunto a las autoridades eclesiales, profundamente religiosas pero ajenas al mensaje y al ejemplo de vida de Jesús de Nazaret. Miller señala la necedad que supone el intentar "fundar" el Reino de Dios en la tierra, algo que choca de bruces -o de cruces, según se mire- con lo que el evangelio mismo cuenta de ese Reino. Jesús afirma que hasta que el Reino de Dios sea instaurado en un tiempo todavía venidero, todo gobierno humano resultará siempre imperfecto, algo que aunque nos parezca obvio, no siempre lo es para todos. Las codicias, vanidades, tentaciones e intereses personales no son sólo propiedad de los políticos sino algo con lo que todos flirteamos hasta llegar a prostituirnos alguna que otra vez, o muchas.
Creyentes y no creyentes se han visto en esta vicisitud de la desilusión de la utopía terrenal a lo largo de los siglos, pero cuando Jesús instaba a sus seguidores a orar aquello de "Venga a nosotros tu Reino" sí que tenía que ver con un Reino que ya ha venido, tiene que ver -en contra de lo que mal creía Carl Marx- con buscar el bien, incluyendo la lucha por la justicia en esta Tierra, pero sin olvidar que todavía ese Reino no ha sido culminado ni está en mano de los seres humanos el hacerlo de forma definitiva. Y menos aún, imponiéndoselo a otros, algo que desde el primer libro de La Biblia se muestra como algo que Dios jamás haría con nosotros, pues todo interés del Dios bíblico en acercarse a sus hijos tiene una premisa irrenunciable: la libertad para hacerlo. Pero Jesús sí que espera de sus seguidores que reflejen en esta tierra destellos de ese Reino de paz y justicia que un día será luz plena. Ese Reino, que como dice el último libro de La Biblia, someterá toda vanidad e injusticia, creando lo que al ser humano le ha sido y será imposible fundar por sí mismo, un Reino en el que "enjugará Dios toda lágrima de los ojos de sus hijos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor. Todo eso ya habrá pasado" (Apocalipsis 12, 21).
En definitiva, una película que nos hará reflexionar, y no sólo en la historia narrada, sino en si hoy se siguen cometiendo errores similares por cualquiera de nosotros, pues no en vano Arthur Miller escribiría su obra a modo de crítica a la caza de brujas contra los comunistas emprendida por Joseph McArthy en aquellos años cincuenta. Y el que esté libre de haber cazado brujas alguna vez, que tire la primera escoba. En fin, que final de la película es, simplemente, sobrecogedor, porque finales así. haberlos haylos.
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