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La historia de Lucas 15
El regreso del hijo pródigo

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Remdrandt (1662) empapó del mensaje del amor cada detalle del cuadro "El Regreso del Hijo Pródigo", una historia narrada por Jesús

Podríamos organizar una peregrinación a San Petersburgo aunque sólo fuese para contemplar la evangélica escena de El regreso del hijo prodigo a la que Rembrandt dio vida en todos los sentidos. Gracias a esta pintura, el Museo Ermitag posee esa luz especial propia de lo auténtico y que empapa la galería rusa de un ambiente cálido y de espiritualidad tangible.

En esta sublime epístola de colores lo primero en lo que el observador se fija es en que las manos del padre se diferencian la una de la otra. La mano izquierda es fuerte y reconforta con cierta firmeza el hombro y parte de la espalda del hijo, y a pesar de su robustez, la mano se extiende transmitiendo un sinuoso y complaciente perdón incondicional. La derecha es distinta, es mano de mujer; elegante, tierna y anhelante de acariciar, escuchar, comprender y por supuesto reconfortar. Ahí está Dios, padre y madre, ternura y poder, femenino y masculino, sin sexo. En la obra se ilumina el rostro de un padre que nunca ha dejado de esperar. El hijo se pega con fuerza a su vientre, acaba de nacer otra vez y por eso Rembrandt le atribuye la cara de un feto casi ciego, herido, deseoso de vida y asqueado de vacío.

A la derecha del cuadro se encuentra el hermano contemplando la escena. Sus ropajes bien puestos resaltan una mirada llena de juicio y un comprensible sentimiento de injusticia. Este hombre es un buen hombre, pero ha cometido el error de creerse alguien por causa de co constancia y fidelidad al padre. A pesar de vivir junto a su padre y señor  no puede tolerar los pecados que son diferentes a los suyos. No sé por qué, pero en el evangelio vemos como aquellos que eran vistos por entonces como respetables se sentían muy incómodos ante las acciones de Jésús. Sin embargo, hay algo de Cristo que siempre fascina y atrae a los deshechados y mal vistos.

Cuando veo mi cara en el hijo altivo y de buenos ropajes me asusto y surge un violento deseo de volver de inmediato al regazo del padre. No siempre es fácil, pues en ocasiones hay otros miedos que superan al anterior, y son temores como el terror a despojarse de los ropajes que nosotros mismos nos hemos tejido. Pero la única realidad es que sólo en la casa del padre tenemos a quien dirigirnos cuando nos sentimos agradecidos o cansados. Fuera yace un frío demasiado viciado para cualquier corazón necesitado de resurrección. Anhelamos calor de Dios, suspiramos por un hogar cuando nos convencemos de que nunca hemos tenido uno, y es al mirar al padre cuando entendemos que sólo él nos haces sentir únicos. Es entonces cuando nuestro espíritu se desentumece, cuando el ánima se hace libre y ya no pesa.

"Gracia es un nombre de mujer, pero también se refiere algo que transformó el mundo, y cuando ella anda por la calle puedes oír las cuerdas, ella tiene tiempo para andar, lleva el mundo en sus caderas, aunque no fluye champán de sus labios, lleva una perla en perfecto estado. Lo que una vez fue herido, lo que una vez fue ficción, lo que dejó una marca... Ya no más, porque la Gracia saca belleza de lo más horrible" Grace, de U2. 

                                                                                 © Por Delirante.org

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