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El libre albedrío
Algunos creen que lo mejor que podría habernos pasado es que Dios hubiese creado unas criaturas que fuesen libres pero que al mismo tiempo carecieran de cualquier posibilidad de equivocarse. Pero tales cosas no son compatibles; pues si alguien es libre de para hacer lo correcto, también lo es para escoger el mal ¿Y por qué nos ha dado Dios el libre albedrío? Pues porque el libre albedrío, aunque haga posible el mal, es también lo único que hace que el amor, la bondad o la alegría tengan realmente valor. Un mundo de autómatas apenas merecería ser creado, pues la felicidad que Dios concibe para sus criaturas supremas es la felicidad de permanecer libres y voluntariamente unidas a Él y entre sí en un éxtasis de amor y deleite.
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"Cuando argumentáis en su contra, estáis argumentando en contra del poder mismo que os capacita para argumentar" | Por supuesto, y aunque es un misterio, Dios sabía lo que ocurriría si los humanos usábamos mal la libertad entregada. Aún así, le pareció que merecía la pena crearnos de este modo. Tal vez nos sintamos inclinados a disentir de Dios, pero hay una dificultad para hacerlo y es que Él es la fuente de donde proviene todo vuestro poder razonador: no podríais tener razón y estar Él equivocado del mismo modo que un arroyo no puede subir más alto que su propio manantial. Cuando argumentáis en su contra, estáis argumentando en contra del poder mismo que os capacita para argumentar: es como cortar la rama del árbol en la que estáis sentados. Si Dios piensa que este estado de guerra en el universo es un precio que vale la pena pagar por el libre albedrío -es decir, por crear un mundo vivo en el que las criaturas puedan hacer auténtico bien y auténtico mal, y en el que algo de auténtica importancia pueda suceder, en vez de un mundo de juguete que sólo se mueve cuando Él tira de los hilos-, entonces podemos suponer que es un precio que merece la pena pagar.
© C.S. Lewis en Mero Cristianismo. Rialp, 1998. p. 65. Adaptado por Delirante
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