| Sabía
que sufriríamos
Jesús, cuando marchó
de este mundo, sabía que el mundo que dejaba atrás
incluiría a pobres, a hambrientos, a prisioneros,
a enfermos. El estado decrépito del mundo no le sorprendió.
Hizo planes para resolverlo: un plan a largo plazo y un
plan a corto plazo. El plan a largo plazo implica su retorno,
en un futuro, para enderezar el mundo. El plan a corto plazo
significa ponerlo en manos de quienes, en última
instancia, introducirán la liberación del
cosmos. Él ascendió para que nosotros ocupáramos
su lugar. “¿Dónde está Dios cuando
se sufre?” he preguntado a menudo.
La respuesta es otra pregunta: “¿Dónde
está la Iglesia cuando se sufre?”. Esta última
pregunta, claro está, es el problema de la historia
en pocas palabras, y también la razón de por
qué digo que la Ascensión (de Jesús
resucitado a los cielos) constituye mi lucha más
intensa en la fe. Cuando Jesús se fue, dejó
las llaves del reino en nuestras torpes manos [...]
''Somos una orden contemplativa''',
le dijo la Madre Teresa a un visitante norteamericano rico
que no podía entender su ardiente compromiso con
la escoria de Calcuta. “Primero meditamos acerca
de Jesús, y luego salimos a buscarlo disfrazado”.
Caí en la cuenta de que muchas de mis propias
interrogantes acerca de Dios son, de hecho, preguntas boomerang
que regresan contra mí.
© Philip Yancey, en El
Jesús que nunca conocí, p. 237-238. Adaptado
por Delirante.
Yancey charló en exclusiva con Delirante; puedes
leer la conversación en castellano pinchando
aquí o escucharla en
inglés aquí
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