| No
conozco la respuesta al problema del mal
La cárcel le brindó
también a Dostoievski otra oportunidad. Le obligó
a convivir con ladrones, asesinos y campesinos borrachos.
La vida que llevó junto a esas personas fue la fuente
de caracterizaciones sin igual de sus novelas, tales como
la del asesino Raskolnikov en Crimen y castigo.
El punto de vista liberal de Dostoievski de la bondad innata
de la humanidad se derrumbó al chocar con el mal
empedernido que encontró en sus compañeros
de cárcel. Pero, con el tiempo, también vislumbró
la imagen de Dios incluso en los más viles prisioneros.
Llegó a creer que el ser humano es capaz de amar
sólo si recibe amor. “Nosotros amamos a Dios
porque Él nos amó primero”, como dice
el apóstol Juan. En las novelas de Dostoievski encontré
la gracia. Crimen y castigo describe a un despreciable ser
humano que comete un crimen horroroso. Pero la gracia también
entra en la vida de Raskolnikov, por medio de la persona
de la prostituta convertida, Sonia, quien le sigue hasta
Liberia y lo lleva a la redención. Los hermanos Karamazov,
quizá la mejor novela que jamás se haya escrito,
contrasta a Iván, el brillante agnóstico,
con su piadoso hermano Alyosha. Iván puede criticar
todos los fracasos del género humano y de todos los
sistemas políticos que se han inventado para resolver
esos fracasos, pero no sabe ofrecer soluciones. Alyosha
no tiene soluciones para los problemas intelectuales que
plantea Iván, pero tiene una solución para
la humanidad: amor. “No sé la respuesta para
el problema del mal- dice Alyosha-pero sí conozco
el amor.” [...]
Jesús nunca rebajó
el ideal de Dios. “Sed, pues, perfectos, como
vuestro padre que está en los cielos es perfecto”,
dijo. "Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu
mente”. Ni Tolstoi, ni San Francisco de Asís,
ni la Madre Teresa, ni nadie han cumplido plenamente con
esos mandamientos. Sin embargo, el mismo Jesús tiernamente
ofreció gracia absoluta. Jesús perdonó
a una adúltera, a un ladrón en la cruz, a
un discípulo que lo había negado. Escogió
a un discípulo traidor...
La religión, no la falta de religión, acusó
a Jesús; la ley, no la ilegalidad, lo hizo ejecutar.
Con sus juicios tendenciosos, sus azotes, su violenta oposición
a Jesús, las autoridades políticas y religiosas
de ese tiempo pusieron de relieve lo que realmente eran:
mantenedores del sistema establecido, defensores sólo
de su propio poder. Cada uno de sus ataques a Jesús
ponía de manifiesto cuán ilegítimos
eran. Los ladrones que fueron crucificados a sendos lados
de Jesús mostraron dos respuestas posibles. Uno se
burló de la impotencia del Mesías: ¿un
Mesías que ni siquiera se puede salvar a sí
mismo? El otro reconoció una clase diferente de poder.
Aceptó el riesgo de la fe para decirle a Jesús:
“Acuérdate de mí cuando vengas en tu
reino”. Nadie más, a no ser en son de burla,
se había dirigido a Jesús como rey. El ladrón
en trance de muerte vio con más claridad que ningún
otro la naturaleza del reino de Jesús.
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| El
ser humano pocas veces se encuentra plenamente feliz.
Quien no tiene trabajo se desvive por tenerlo y quien
lo tiene sueña con que algo extraordinario ocurra
para no tener que madrugar. |
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En un sentido, los dos ladrones
presentan la elección que la historia toda ha tenido
que hacer acerca de la cruz. ¿Vemos en la impotencia
de Jesús el ejemplo de la impotencia de Dios o la
prueba del amor de Dios? Los romanos, formados en el pensamiento
del poder de deidades como Júpiter, pudieron reconocer
muy poca semejanza a Dios en un cadáver maltratado
que colgaba de un madero. Los judíos devotos, alimentados
con relatos de un Jehová poderoso, vieron muy poco
digno de admiración en este Dios que moría
débil y lleno de vergüenza. Como Justino Mártir
muestra en su Diálogo con el judío Trifón,
la muerte de Jesús en la cruz fue para los judíos
un argumento decisivo en contra de su condición de
Mesías; la crucifixión había colmado
la maldición de la ley. Incluso así, con el
paso del tiempo fue la cruz en la colina la que cambió
el panorama moral del mundo. Escribe M. Scott Peck:
"No puedo ser más específico acerca de
la metodología del amor que citar estas palabras
de un anciano sacerdote que pasó muchos años
en la línea de combate: 'Hay docenas de maneras de
ocuparse del mal y varias formas de vencerlo. Todas ellas
son facetas de la verdad: que la única forma definitiva
de vencer el mal es dejar que se consuma dentro de un ser
humano vivo y dispuesto. Cuando ser absorbe como sangre
en una esponja o una lanza en el corazón de uno,
pierde su poder, y ya no puede continuar'. Sólo se
puede curar el mal –científicamente o de cualquier
otro modo- con el amor de las personas. Se requiere un sacrificio
voluntario... No sé cómo se produce esto.
Pero sí sé que lo hace... Cuantas veces
ocurre, se produce un ligero cambio en el equilibrio de
poderes en el mundo".
El equilibrio de poderes cambió
más que ligeramente ese día en el Calvario
por causa de Aquel que absorbió el mal. Si Jesús
de Nazaret hubiera sido una víctima inocente más,
como Luther King, Mandela, Havel y Solzhenitsyn, hubiera
dejado una huella en la historia para luego desaparecer.
Ninguna religión hubiera podido surgir a su alrededor.
Lo que cambió la historia fue la conciencia que se
fue despertando en los discípulos (fue necesaria
la resurrección para convencerlos) de que Dios mismo
había escogido el camino de la debilidad. La cruz
redefine a Dios como el que estuvo dispuesto a abandonar
el poder por amor. Jesús se convirtió, en
frase de Dorothy Sölle, en “el desarme unilateral
de Dios”.
El poder, por bien intencionado que sea, tiende a causar
sufrimiento. El amor, por susceptible, lo absorbe. En un
punto de convergencia, en una colina llamada Calvario, Dios
renunció a uno por el bien del otro.
Usó a Pedro para fundar su Iglesia y para el paso
siguiente, se volvió a un hombre llamado Saulo, que
había destacado como perseguidor de cristianos. La
gracia es absoluta, inflexible, y lo incluye todo. Se ofrece
incluso para quienes clavaron a Jesús en la cruz:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen” fueron algunas de las últimas
palabras que Jesús pronunció en la tierra.
© Philip Yancey, en El
Jesús que nunca conocí, p. 237-238. Adaptado
por Delirante.
Yancey charló en exclusiva con Delirante y puedes
leer la conversación en castellano pinchando
aquí o escucharla en inglés
aquí
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