| El
enigma del sufrimiento humano
Es evidente que gran parte
del sufrimiento existente es causado por el mal uso de nuestra
libertad de decisión. El hecho de que no seamos marionetas
o autómatas nos proporciona una libertad que nos
convierte en los seres más sublimes del universo
conocido en el sentido de que nos hace capaces de elegir
entre perdonar o aniquilar, amar o torturar, aceptar o discriminar...
Hablar de sufrimiento es hablar también de nuestra
mediocridad, de la de todos, porque... ¿cuánta
de nuestra infelicidad está causada por la envidia,
el orgullo o la autocompasión, entre otras necedades
y bajezas? Además, muchas de nuestras heridas emocionales
no vienen -tal y como en ocasiones tratamos de justificarnos-
por culpa de los demás sino que también proceden
de nosotros mismos, de nuestra incapacidad para ser felices
con lo que tenemos mientras perseguimos lo que deseamos.
Es cierto que el libre albedrío es una de las armas
más destructivas que existen; pero ¿merece
la pena pagar el precio? ¿Hubiésemos preferido
la opción de haber sido creados como autómatas
para no sufrir? Quizás no, quizás mejor como
estamos.
También es una realidad
la existencia cotidiana otros sufrimientos de difícil
explicación: una violación en el ascensor,
un terremoto, unas siamesas unidas por el cráneo,
una inundación, un cáncer... y enseguida
surge la pregunta: ¿Dónde está Dios?
Es inútil tratar de ofrecer una explicación
plenamente satisfactoria para muchas tragedias, por lo que
esta situación puede llevar a pensar a muchos que
si Dios existe y debe ser bueno, lo que entonces no puede
ser es Todopoderoso ¿Es así? Se trata de una
reflexión que muchos se hacen de forma honesta, pero
dejarla ahí sin más, supone lanzarnos demasiado
pronto en brazos de una fácil y quizás innecesaria
desesperación. CS Lewis planteaba la siguiente disquisición
respecto al problema del dolor: “¿Y si
no se tratara tanto de una cuestión de poderío
como de tiempo?”. Esto lo decía en referencia
a la espera del día en el que “enjugará
Dios toda lágrima de los ojos de [sus hijos]; y ya
no habrá muerte, ni habrá más llanto,
ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”
(La Biblia). Que duda cabe de que en esta esperanza se aloja
la única respuesta definitiva al misterio del sufrimiento
humano. Esa es la clave: esperanza y fe, que es la confianza
en lo que aún no podemos ver.
¿Qué ayudó
a los esclavos negros de América del Norte para componer
canciones llenas de esperanza en medio de la más
patente injusticia? ¿Qué ayudaba a los creyentes
sinceros que disentían de la religiosidad de la Inquisición
española? ¿Qué hacía que aquellos
que iban a ser arrojados a la arena del circo romano no
renegaran de su experiencia con Cristo?
Aunque obviamente no siempre es fácil, muchas personas
han descubierto un propósito para sus vidas del que
ningún dolor ni circunstancia les hace abandonar.
El toque y las fuerzas sobrenaturales son indispensables
en este asunto. Para quienes han decidido confiar en Cristo,
el Dios de los evangelios no se muestra como un abuelo bobalicón
al que todo le da igual. Más bien se presenta como
aquél Dios que hará justicia y humillará
al soberbio. Para el que ha descubierto el secreto de la
vida en un Dios que ha venido a quitar la culpa y a perdonar
las injusticias -incluidas las inconscientes- que cometemos,
existe una esperanza en un mundo mejor sin que esa fe reste
potencia a un mensaje de salvación perseguidor de
la justicia en esta tierra. Es la firme esperanza de que
un día, en los brazos de Dios, se establecerá
una justicia definitiva que hoy ofrece una luz para el problema
del sufrimiento. A pesar de todo, entregarse a la fe proclamada
por el Dios de la Biblia no es fácil porque invita
a humillarnos y a reconocer nuestra incapacidad para ser
felices y justos en este mundo. Con todo, debemos reconocer
que, tal y como dice Pablo en su carta a los corintios,
el problema del dolor es un profundo dilema que un día
nos será revelado, pues “ahora vemos como
a través de un espejo, oscuramente; mas llegará
un día en el que veremos cara a cara. Pero ahora
conozco en parte”.
Aunque es cierto que somos
culpables de mucho mal, también el dolor tiene en
ocasiones una función positiva cuando este funciona
como alarma preventiva de dolores peores. Si no sintiéramos
dolor al sentir una pequeña llama de fuego en el
dedo, acabaríamos dándonos cuenta demasiado
tarde (quizás por el olor) de que una pierna se nos
abrasa junto al radiador. Del mismo modo, con el dolor también
experimentamos que el carácter y la madurez crecen
y se forjan. Y es que en ocasiones, el dolor se convierte
en un aliado, pero incluso así, debemos reconocer
que el sufrimiento tiene parte de enigma.
El dolor da cuenta de nuestra pequeñez y nos apunta
con el dedo para gritarnos que no estamos al mando de la
nave, como burlándose de nuestros delirios de autosuficiencia.
A fin de cuentas, y sin que no sirva de excusa para la indiferencia
sino más bien lo contrario, confiar en la justicia
divina es la única promesa válida y completa.
Lo demás no nos llena y nos suena como a fraude universal.
Es posible que el sufrimiento humano sea la principal causa
mundial de ateísmo y apatía hacia el revolucionario
Dios de los evangelios, pero si todos deseamos que las injusticias
recibidas no queden impunes, ¿qué ocurre entonces
con el “debe” del daño causado por nosotros?
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| Estado
actual del Coliseum de Roma con capacidad original para
unas 60.000 personas. Una de las principales atracciones
del siglo II fue el espectáculo de la muerte
a manos de las bestias de quienes se consideraban cristianos
¿Qué sostenía la fe de estas personas? |
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La muerte de Jesús por
nosotros es otra historia de injusticia. El Dios Creador
baja de Los cielos y se acerca al ser humano como hasta
el límite de una fusión atómica. El
gobernador del cosmos se hace carne. Y en su caminar por
la tierra de Israel, usa unos pocos de milagros para demostrar
quién era, además de hacerlos por pura compasión.
Por lo demás, y por ser quien es, se puede decir
que expuso un diminuto alarde de su poder y sobrenaturalidad,
pues lo más llamativo de Jesús era que siendo
quien decía ser compartió su dolor con el
nuestro echándose nuestra culpa sobre sus espaldas.
Lo que es seguro es que aquel peso de nuestro pecado fue,
en términos exponenciales, infinitamente mayor al
de la propia cruz que transportaría hasta el monte
Calvario. El final de la historia -o más bien el
comienzo- ya todos lo conocemos: el inocente paga por los
daños del culpable... y por los tuyos y los míos
también. Él murió por mí, yo
viviré por Él.
A pesar de todo, el sufrimiento de Cristo nos anuncia que
toda esta extrañeza ante el dolor es momentánea
y que hay vida más allá. La resurrección
de Cristo se presenta como el comienzo del ajuste de la
anormalidad del pecado, un hecho transformador que ya nos
rige y que comienza a fluir en esta vida cuando nos entregamos
a su perdón incondicional. El aceptar su entrega
por nosotros nos sitúa en el comienzo de una relación
liberadora y personal con Él, y que ya no tendrá
fin. Desde el momento en el que tomamos la decisión
de acercarnos a Jesús vemos sus gestos y aliento
sobrenatural en lugares donde antes no veíamos nada.
Sin embargo, ahora sabemos que Dios está con nosotros
en medio del dolor al igual que en medio del placer y del
agradecimiento. Jesús, con su muerte y resurrección,
se revela como la única y definitiva respuesta al
sinsentido. Ahora la decisión entrega está
en tu mano. Dile que sí; no te dolerá.
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