Para muchos, la felicidad y alegría
que se desprenden de las típicas imágenes navideñas
no son más que un aceptable recurso psicológico
en pos de aliviar un poquito la tragedia de nuestro planeta.
La multiplicación exponencial de la venta de antidepresivos,
el aumento vertiginoso del consumo de drogas ¡ya disparado
entre niños! o el fracaso de la educación y
la convivencia en las aulas son sólo algunos síntomas
que también describen esta España de hoy. Pero
no es sólo nuestro país, pues hay otros donde
las cosas marchan mucho peor. “El mundo está
mal”, decimos, y quizás cada vez peor, pues es
algo que el aumento de desastres naturales en el último
lustro también nos invitan a decir. Nosotros y el mundo,
ninguno estamos bien.
Con esta realidad como telón de fondo, no me hace falta
convencer a nadie del hecho de que muchos se identifican más
con el Belén de Picasso, el famoso Guernica, que con
el de las risueñas postales invernales del portal de
Belén de toda la vida.
“muchos
se identifican más con el Belén de Picasso,
el famoso Guernica, que con el de las risueñas
postales invernales del portal de Belén de
toda la vida”
El cruel bombardeo que sufrió
el pueblo vasco que da nombre al lienzo es la macabra inspiración
de esta obra que el gobierno de la república española
encargó en 1937 al pintor malagueño. No sé
bien que dirán los críticos de este lienzo refugiado
en el Museo Reina Sofía de Madrid, pero veo en este
cuadro una especie de violento antibelén, un sentimiento
que refleja la espantosa realidad anidada en la percepción
vital de millones de almas. Picasso dibuja aquí un
caballo y un toro como si quisiera contrarrestar la endeble
potencia de los apócrifos mula y buey de los belenes.
Son animales parecidos a los del portal, pero agrandados y
en estado de angustia y locura.
Junto al toro y el caballo, Picasso coloca una paloma moribunda
a modo de lema nietzscheriano sobre la vigencia de lo divino.
Muy próximos al ave aparecen los rayos picudos de una
lámpara que pudiera presentarse como la antiestrella
que guiara a los magos de oriente. Pero aquí no es
luz celestial, sino interior, colgada de un espeso y podrido
muro que al menos sirve para aislar de los bombardeos del
exterior. Es un techo que sirve de coraza y que no deja salir
la desesperación del que ha perdido la esperanza, el
alma y la ilusión. Es justo aquello que habita en los
corazones de muchos de quienes en Navidad pasean por las calles
de las grandes ciudades con sus bolsas de regalos para la
abuela y el sobrino. Y pasean rápido, como tratando
de silenciar cualquier luz que no sea de neón o de
tungsteno, como rechazando cualquier luminosidad que no se
parezca a la de su frío Guernica interior.
Detalle de uno
de los accesos más espectaculares al vanguardista
museo Reina Sofía de Madrid, el lugar dónde
se alberga el Guernica
El pintor no podía dejar de plasmar
en su cuadro su peculiar virgen con el niño. Ésta
es la pieza angular del antibelén, una madre que se
sitúa junto al toro y que no alaba sino que grita espanto
con su hijo muerto entre sus brazos. Nada más doloroso
e injusto para una madre.
Que la imagen del niño Jesús en Belén
pueda parecernos menos cercana que el Guernica tiene algo
que ver con las pueriles tarjetas navideñas que todavía
se ilustran con el establo de Belén y que reflejan
una Navidad domesticada. Son imágenes de serenidad,
alegría y bienestar que se abrazan con lo ñoño
para esquivar nuestra percepción real de lo que allí
estaba sucediendo hace más de dos mil años.
Pero lo que allí ocurría no tenía nada
de bobalicón.
Ser madre soltera, además de inmigrantes refugiados
no ha sido fácil nunca, y menos aún en aquellos
tiempos. Que un edicto gubernamental promulgara una orden
para matar a niños menores de dos años por causa
del nacimiento de tu hijo tampoco es algo que contribuyese
al equilibrio emocional. Seguro que las sonrisas de las postales
eran momentos únicos y poco rutinarios.
“Lo
cotidiano y real del cuadro de Picasso hace que muchos
vivan en la debilidad de desconfiar de todo y de todos.”
Todo ese trasfondo nos parece tan injusto
como muchos de los de ahora, pero es más que seguro
que Dios quisiera ser parte del grito de horror de la madre
desquiciada del Guernica. Lo cotidiano y real del cuadro de
Picasso hace que muchos vivan en la debilidad de desconfiar
de todo y de todos. Pero el Jesús de los evangelios
no puede ofrecerse de manera más explicita como respuesta.
El lienzo del pintor cubista nos da una esperanza ente tanto
destrozo, pues nos ofrece una luz casi oculta y que está
representada a modo de flor junto a un brazo mutilado que
sostiene una espada en la parte baja de la escena.
El grito de la mujer del Guernica no es muy diferente al de
María. En los evangelios leemos como un hombre llamado
Simeón le dice a la madre de Jesús lo siguiente:
“He aquí, éste [Jesús] está
puesto para caída y para levantamiento de muchos...y
para señal que será contradicha (y una espada
traspasará tu misma alma), para que sean revelados
los pensamientos de muchos corazones” (Lucas 2,
34-35).
Imagen de la destrucción
del pueblo de Guernica en 1937 donde se puede ver a
la gente caminando entre los escombros de la ciudad
española.
La flor que se levanta junto a esa espada
partida del cuadro es la misma que traspasaría el alma
de la madre de Cristo, un Mesías salvador que brota
como aroma desde el corazón de la sangre derramada.
El horror ante la muerte de inocentes que son víctimas
por los errores de otros nos vuelve a sacudir para susurrarnos
con violencia que esto ya ocurrió hace dos mil años
y que fue por causa de tus errores y de los míos. Y
es que no hay otra opción aparte que la única,
la de aquella esperanza de nueva vida que se libera hoy desde
el Calvario, pues el infierno de un Guernica sin flor no es
más que la espera sin esperanza.
Gracias a Dios por haber comenzado a desteñir mi Guernica
en este mundo terrenal y hacerme parte del cambio, pues como
entona el popular villancico, ni alma sólo puede decirte
que “las esperanzas y temores de todo el mundo descansan
en ti esta noche”. Al menos los míos.
Mira este video titulado Guernica realizado por la Vancouver
Film School, un viaje cubista en tres dimensiones que pasa
por Van Gogh, Dalí y que acaba en tragedia...
acaba en el Guernica: