| Desilusión
con las iglesias y el cristianismo
Inquisición, abuso de poder, aburrimiento, vacío,
muertes, represión, intolerancia, hipocresía,
miedo, dolor... Sobran argumentos para expresar la imagen
que muchos tienen de las instituciones que se han hacho
llamar cristianas. Nosotros también estamos desencantados
con el ser humano, a la vez que entendemos que para ponderar
esta cuestión con un mínimo de rigor, el análisis
que debemos hacer tiene que más profundo. Esta es
nuestra responsabilidad a menos que lo que nos preocupe
realmente no sea la verdad sino nuestro deseo de poner una
batería de excusas delante de nuestras narices.
No hay duda de que el nombre de Jesucristo se ha usado
y se usa para justificar todo tipo de barbaridades. Pero,
¿qué hay del mensaje de Jesús según
él lo anunció? ¿Existen personas que,
aunque imperfectas, han vivido la fe en Cristo de forma
más auténtica que la vemos en los malos ejemplos
que tanto resaltan los medios de comunicación? El
cine, la televisión y el teatro suelen mostrar con
interés las contradicciones, embustes, patetismo
y errores de quienes se dicen religiosos. Sin embargo, hacer
esto apenas tiene mérito, pues la verdad del cristianismo
no es fácil de representar siendo infinitamente más
sencillo mostrar la hipocresía. Cabe preguntarnos
cuanto de excusa, de intento de justificarnos ante el reto
que Jesús nos hace a cada uno de nosotros hay en
esta actitud de continua promoción de la hipocresía
y de escondimiento de la liberación que el evangelio
produce cuando se abraza con honestidad.
En el que nació el cristianismo en la primera mitad
del siglo I era difícil imaginar que pasaría
de ser un reducido movimiento judío. Sin embargo,
el enfoque en la dignidad del individuo hizo que el mensaje
de los cristianos diese esperanza a sectores marginados
como las mujeres, los esclavos, los desposeídos o
los enfermos, entre otros. Cuando se produjo el colapso
del imperio romano, también los cristianos preservaron
la cultura clásica frente a los bárbaros,
y durante la Edad Media serían los cristianos quieren
inventaron la Universidad además de sentar las bases
de la revolución científica. Y es que una
correcta interpretación de las Escrituras no impide
el coherente devenir de la ciencia, sino que más
bien contribuye a una actitud escrutadora en pro del avance
científico. Y si no, basta mencionar a Kepler, Boyle,
Faraday, Maxwell, Newton, Leibnitz... creyentes que aplicaron
el mandato bíblico de “conocer y examinar la
Tierra” (libro de Génesis 1, 28) para hacer
ciencia como Dios manda. En el siglo XVI, la Reforma proporcionó
el concepto de libertades políticas, la recuperación
del papel del individuo y la necesidad de controlar públicamente
al poder mediante resortes democráticos entre otros
menesteres, pues a partir de ese momento, ya con la Biblia
en lenguas vernáculas, todo lector minimamente alfabetizado
sabía que La Biblia enseñaba que “no
hay justo, ni siquiera uno” (Romanos 3, 10), un texto
que, por supuesto, también se aplicaba al rey. Durante
los siglos siguientes la fe cristiana combatió la
esclavitud, defendió a los indígenas y apuntó
hacia los peligros de un capitalismo salvaje o del comunismo
exacerbado. Así fue modelando un ámbito de
justicia y libertad a lo largo de la historia.
Personajes como Henri Dunant -fundador de la Cruz Roja-,
Martin Luther King, Jimmy Carter o Teresa de Calcuta son
algunos de los cristianos que han recibido el Premio Nobel
de la Paz por unos actos y convicciones derivados de su
fe. Y es que aunque en ocasiones se relaciona el cristianismo
con guerras e injusticia, muchos individuos imperfectos
han vivido el mensaje de Cristo de un modo mucho más
cercano a como él realmente lo predicaba. Por supuesto
que los que van a una iglesia no son perfectos ni mejores
que tú o que nosotros, pero sí es cierto que
una inmensa parte de los que van a la iglesia han creído
que Jesús los limpia de toda injusticia, a pesar
de que muchas están aún presentes aunque en
proceso de cambio con la ayuda de Dios.
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| Imagen
de la película El fuego y la palabra (1960),
basada en el libro de Sinclair Lewis, y en la que Burt
Lancaster interpreta a un hipócrita evangelista.
El cine suele mostrar con interés las contradicciones
y embustes, de quienes se dicen religiosos. |
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Podríamos hablar mucho sobre esta realidad de multitud
de vidas renovadas, de millones de personas anónimas
que han rehecho su vida gracias al impacto de un Jesús
liberador y personal. Por poner un ejemplo, fijémonos
en los miles de desvalidos que yacían tirados por
las calles y que han sido tratados como personas por cientos
de cristianos tan sólo en España. Ahora conocemos
a miles de ex drogadictos, ex prostitutas..., a muchos “ex”
que durante años estuvieron solos hasta que llegaron
a sus vidas personas cambiadas por el Jesús de los
evangelios y que sólo pretendían darles un
poquito de ese amor que un día ellos también
recibieron. Ahora, aquellos desechados tienen trabajo, hogares,
familia y, sobre todo, tienen esperanza. La inquisición
y los mercaderes religiosos son una realidad, pero ésta
también lo es, aunque prefiramos fijarnos en el lado
oscuro para justificar una vida que camina de espaldas a
Dios. Cuando vemos gente desagradable en la iglesia...
¿nos hemos preguntado cómo serían estas
personas si nunca se hubieran acercado a Dios? ¿Quizás
pervertidos violadores o asesinos en serie, cosa que ahora
no son?
Nosotros también estamos desilusionados con las
iglesias, pero asistimos a una congregación porque
también nosotros somos imperfectos y porque, a pesar
de todo, hay personas que reflejan la luz del Jesús
de la Biblia. Son personas que nos refuerzan la fe, y por
eso vamos. Vamos a una iglesia cristiana que se inspira
en La Biblia porque hemos decidido creer, y eso no hay fracaso
que lo pare. Vamos a Jesús porque la nueva vida que
nos ha sido regalada es para compartirla.
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