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¿Nos hemos inventado
a Dios?
Hay personas que aseguran que el hombre
necesita creer en un ser superior y que por esa razón
lo crea y lo proyecta fuera de sí mismo. Pero, ¿y
si le damos la vuelta a ese pensamiento? ¿Y si Dios
ha creado al hombre fuera de sí mismo y por eso el
hombre lo necesita, necesita creer en Él?
Tengo amigos que me dicen que Dios no es más que
la invención del hombre, que el ser humano tiene
miedo de estar sólo en el universo y que nos hemos
inventado un ser superior con muchas formas diferentes.
La verdad es que es un pensamiento que tiene sentido, pero
que no invalida el planteamiento que afirma que, debido
a que Dios nos ha creado, el hombre desde siempre ha sentido
la necesidad de conocer a su Creador y que sin Él
no está completo. Nunca.
Los profetas del Antiguo Testamento (la
Biblia de los hebreos) criticaban duramente a los pueblos
que creaban sus propios ídolos de madera y metal,
aquellos entes materiales que no podían escuchar,
ni responder, ni nada de nada. También el Génesis
(primer libro de la Biblia) se atreve a ser el primer escrito
de la historia que convierte al sol, las estrellas, la luna,
etc., en meros objetos creados por un único Dios
quitándoles todo rastro de divinidad, pues la gente
de entonces les atribuía personalidad y los adoraban.
Eran dioses que, en el fondo, reflejaban
la forma de ser del hombre. Se les podía manipular
a través de sacrificios que se realizaban de forma
cíclica. Cada año se les ofrecía el
mismo ritual sangriento para conseguir buenas cosechas,
para apaciguar su ira y que éstos les fueran propicios
en general. Luego encontramos a los dioses griegos, esos
de cuyas vidas parecen sacadas de un culebrón de
sobremesa.
Pero también vemos como en una zarza ardiente aparece
Yo Soy (Yavé o Jehová), que es el nombre que
le da Dios a Moisés cuando éste le pregunta
cómo ha de llamarle. Lo escandaloso de este ser supremo
es que de repente se manifiesta un Dios preocupado por lo
cotidiano de las personas y que antepone lo que hay en el
corazón del ser humano antes que los sacrificios
o ritos, pues estos actos hechos sin un corazón limpio
le parecen a Yavé una aberración. Parece ser
que éste es un Dios diferente, alguien al que no
se puede manipular y que no responde a las bajas pasiones
y egoísmos del hombre. La irrupción que realiza
este Dios en la humanidad es una verdadera revolución:
un Dios que, para empezar, es invisible, y al que no se
le puede representar, pues está separado de la creación
al mismo tiempo que, paradójicamente, entra en contacto
con ella y, de forma muy especial, con el ser humano...
contigo y conmigo.
Entre tanto, llega Jesucristo, quien afirma
de sí mismo no ser la creación de nadie sino
el creador de todo lo existente, afirmando que quienes le
conocen a Él conocen a Dios, con lo que se puede
decir, y sobre todo experimentar, que la idea de que Dios
es invención humana no es válida para quien
ha aceptado a este Jesús como perdonador y realidad
para su vida cotidiana. Y no porque éstos sean unos
elegidos o iluminados, sino porque han decidido dar un paso
enorme de valentía, de confianza y de fe en lo que
no pueden ver pero que se muestra como realidad trasformadora
a través de los evangelios y de su propio espíritu.
Quien conoce al Jesús de amor comienza a desechar
aquella pregunta de “¿es posible inventarse
su persona?”, pues lo que se ha descubierto se muestra
como único, como más auténtico que
lo más real. Es el milagro producido por la fe, pues
no es el milagro lo que produce la fe, sino la fe lo que
produce el milagro.
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