| FILOSOFÍA
Y FE
La duda
“Para enfrentarse
a nuestro yo espiritual hace falta valentía”
Ghandi
Filósofos y teólogos han pasado de batallar
durante siglos a establecer una especie de indiferencia
mutua en el ámbito de la actual postmodernidad. Un
mito popular asegura que existe un enfrentamiento entre
filosofía y cristianismo, como si al referirnos al
planteamiento filosófico se estuviese hablando de
un único e inequívoco planteamiento vital.
Existe buena filosofía, igual que existe mala o buena
religión, e igual que existen malos filósofos
e hipócritas religiosos.
Pero entre filosofía y cristianismo hay más
puntos en común de lo que muchos piensan. Ambos persiguen
la verdad, la anhelan y se le da la bienvenida, proceda
de donde proceda. Y es precisamente quien entiende esto
quien diferencia el prejuicio y la manipulación de
la verdad. Un ejemplo: ¿Tú te considerarías
culpable de una muerte si yo –un desconocido para
ti- asesino a otro en tu nombre? La respuesta es tan obvia
que resulta inconcebible que muchos justifiquen el abandono
de su fe por causa de las contradicciones de muchos de sus
practicantes. Excusas. Es precisamente esa actitud tan poco
apegada al deseo de conocer la verdad lo que contradice
la esencia del cristianismo y de cualquier reflexión
filosófica sincera.
LA DUDA
Es cuando tomamos conciencia de nuestra realidad, de nuestra
soledad y necesidad vital cuando se consigue apartar el
estridente ruido del ocio y los quehaceres respecto a lo
que es para siempre. Lo cierto es que si nos esforzamos
por escapar de la cultura del “no pensar por uno mismo”
nos enfrentamos a decisiones que pueden cambiar nuestra
vida. Cuando somos valientes, de repente se nos ofrece el
escape a la mediocridad y al vacío. Ahí es
cuando nos paramos en seco y nos confrontamos: ¿qué
hago yo con mi vida? ¿Cuál es el verdadero
sentido de mi existencia? A estas preguntas tan filosóficas
como cristianas, como humanas al fin y al cabo, se enfrenta
de cara el Jesús de los evangelios. Y lo hace de
una forma rotunda y políticamente incorrecta: presentándose
a sí mismo como “El camino, La verdad y La
vida”. No habla de una religión o de practicar
un puñado de ritos, sino de una relación personal
y cotidiana con el Creador mismo del universo que se hace
posible gracias a su ayuda sobrenatural y a la revelación
del evgangelio. Enfrentarse a alguien que decide ser ajusticiado
y atormentado para establecer nuestra propia reconciliación
puede complicar nuestro deseo de optar por lo auténtico.
En palabras del escritor C. S. Lewis, el reto es simplemente
rotundo: Jesús sólo podía haber sido
un loco, un mentiroso o el Salvador del mundo. Nada
más.
Si por un momento nos planteamos la última
posibilidad, la de que Jesús es el Hijo de Dios,
nos encontramos ante una crisis personal, pues nos situaremos
ante la duda: ¿Decido creerlo (=vivirlo), o no? Quienes
deciden creer, afirman que lo hacen a pesar de ciertas dudas...
¿Es posible esto? Sí, pues aunque la duda
se convierta en soplo de incredulidad es también
un síntoma de salud y de cerebro fresco, pues todo
aquello que se duda es porque se cree o se tiene mal creído.
Y es que dudar significa “mirar con cuidado a todos
lados, estar atento a toda realidad circundante, hacerse
cargo de las cosas, y entonces, seguir adelante” (Julián
Marías).
Dudar es escoger, porque si confiamos en que Dios es real
no debemos tener miedo a las preguntas. A ninguna. La verdad
de la persona de Jesús es una verdad que renuncia
a imponerse a quien no quiere abrazarlo y sólo se
acepta desde dentro de uno mismo, con decisión y
firmeza ante la aventura de ser discípulo del Creador.
Convertirse en su seguidor es una decisión basada
en la fe y también en la razón, porque podríamos
haber creído en cualquier cosa en lugar de elegir
creer a Jesús. Por esto es por lo que un cristiano
es también un hermano de filósofo: porque
ambos entienden que sólo se debe ser fiel a la verdad.
Sólo ahí existe libertad.
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