| Einstein,
Hawking y el Big Bang
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| Stephen
Hawking, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia
en 1989, inauguraba el acto oficial de entrega de los
premios en 2005. En la foto aparece junto a los príncipes
de Asturias Don Felipe y Doña Letizia |
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“El científico
cristiano [...] sabe que todo ha sido hecho por Dios, pero
sabe también que Dios no sustituye a sus criaturas.
La actividad divina omnipresente se encuentra por doquier
esencialmente oculta, aunque nunca se podrá reducir
el Ser supremo a una hipótesis científica.
La revelación divina [La Biblia] no nos ha enseñado
lo que éramos capaces de descubrir por nosotros mismos,
al menos cuando esas verdades naturales no son indispensables
para comprender la verdad sobrenatural [...]. El creyente
tiene la ventaja de que sabe que el enigma tiene solución,
que la escritura subyacente en derredor es al fin y al cabo
la obra de un ser inteligente, y que, por tanto, el problema
que plantea la naturaleza puede ser resuelto a sabiendas
de que su dificultad está relacionada con la capacidad
presente y futura de la humanidad. Probablemente, al científico
esto no le proporcionará nuevos recursos para su
investigación, pero contribuirá a fomentar
en él ese sano optimismo sin el cual no se puede
mantener durante largo tiempo en un esfuerzo sostenido.
En cierto sentido, el científico prescinde de su
fe en su trabajo, no porque esa fe pudiera entorpecer su
investigación, sino porque no se relaciona directamente
con su actividad científica*1”.
Lemaître
Los peores miedos de los enemigos
de la idea de una creación y un Creador se vieron
cumplidos cuando el Papa Pío XII acabó usando
el Big Bang para argumentar la existencia de Dios en 1951
durante un discurso a la Pontificia Academia de Ciencias,
donde, refiriéndose a la teoría del Big Bang
afirmó:
“Así, con la concreción que es característica
de las pruebas físicas, [el Big Bang] ha confirmado
la contingencia del universo y también la deducción
bien fundamentada sobre la época cuando el mundo
salió de las manos del Creador. Por consiguiente,
la creación ocurrió. Nosotros decimos: por
lo tanto, hay un Creador. Por lo tanto, ¡Dios existe!*2”.
Al parecer, Lemaître no quedó muy conforme
con ese estilo triunfalista híbrido de ciencia, filosofía
y religión, e influyó para moderar el tono
en posteriores intervenciones papales*3.
Lemaître mismo declaró en 1958 que:
“Hasta donde yo puedo ver, tal teoría [la
del átomo primordial] permanece completamente al
margen de cualquier cuestión metafísica o
religiosa*4”.
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| La
teoría del Big Bang ha creado controversias de
gran magnitud desde el campo científico, filosófico
y religioso. En la imagen vemos un cartel publicitario
en EE.UU. donde se anuncia algo así como: “Teoría
del Big Bang, me tienes que estar tomando el pelo. Firmado:
Dios” |
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Si no faltaban quienes deseaban
que la teoría del Big Bang triunfase para apoyar
el papel de Dios como Creador, tampoco faltaban los opositores
que estaban dispuestos a buscar donde fuese para que el
universo no perdiera sus atributos divinos. Abandonado el
intento de Einstein por evitar la imparable expansión
del universo, se propusieron nuevas soluciones. Lo más
curioso es que la principal teoría rival, la teoría
del Steady state (estado estacionario), defendida por Fred
Hoyle, Hermann Bondi y Thomas Gold, que según ésta,
el universo es infinito y está en una expansión
continua y eterna, sin poseer ningún origen, suponía
aceptar algo totalmente increíble: la creación
continua de materia para asegurar que un universo en expansión
mantuviese eternamente una densidad estacionaria. Esto era
algo que nunca nadie había observado y que violaba
algo tan fundamental como las leyes de conservación
de la materia-energía.
Sin embargo, no era fácil poder encontrar alguna
forma de someter a prueba experimental ambas teorías.
Durante unas dos décadas ambas teorías se
mantuvieron en un cierto empate, al menos para aquellos
que estaban dispuestos a abandonar la conservación
de la materia-energía. Pero, inesperadamente, todo
cambió en 1965 cuando Arno Penzias y Robert Wilson
descubrieron la radiación de fondo de microondas.
Esta tenue radiación que está distribuida
por todo el universo fue rápidamente interpretada
como el lejano destello de la explosión inicial,
tal y como había sido predicha por George Gamow,
Ralph Alpher y Robert Hermann ya en 1948. Desde entonces
la teoría del Big Bang fue ganando aceptación.
Actualmente sigue siendo la
teoría mayormente aceptada por los físicos
(la radiación de fondo de microondas se ha estudiado
en detalle en los años 90 gracias al satélite
COBE). Al igual que Nicolás Copérnico puso
a la tierra en movimiento en el siglo XVI, los avances en
la ciencia del siglo XX han puesto al universo entero en
marcha. Curiosamente, eso no ha sido suficiente para que
algunos abandonen el viejo recelo anti-religioso, y hay
quienes inexplicablemente consideran como su objetivo “científico”
eliminar de una vez por todas la incómoda sugerencia
de que un origen tan radical pueda requerir un Creador y
un Principio.
Una vez eliminada la teoría del estado estacionario,
la única alternativa a un universo en expansión
continua es un universo oscilante en el que la fuerza del
Big Bang finalmente se debilitaría llegando a un
punto en el que la fuerza de la gravedad pasaría
a dominar y las masas del universo empezarían a atraerse
irreversiblemente. El universo se contraería en un
tremendo Big crunch o Gran crujido que reproducirían
nuevamente el superátomo original que volvería
a explotar en un nuevo Big Bang. Este universo oscilante
que podría retrotraerse a las especulaciones de los
antiguos griegos o incluso a épocas anteriores en
otras culturas, es visto por muchos como una tabla de salvación
para garantizar un universo eterno sin Dios. Pero hay dos
problemas: el primero es que el universo no tiene suficiente
materia para revertir el Big Bang (apenas el 1% de la necesaria).
Esto ha alimentado una desesperada búsqueda de materia
faltante, llamada Materia oscura que no habría sido
posible observar todavía y cuya existencia incrementaría
notablemente la masa del universo. Sin embargo, un universo
oscilante tampoco garantizaría su eternidad, pues
las oscilaciones se irían reduciendo progresivamente,
como ya vio Richard C. Tolman en 1934, Paul C. W. Davies
en 1974, y otros científicos posteriormente*5.
En los últimos tiempos, un científico que
parece haber heredado la reverente admiración que
los medios de comunicación daban en su día
a Einstein y que raramente se da a los científicos
en general, es Stephen Hawking. Aparentemente, Hawking es
uno de los científicos que consideran su obligación
expulsar a patadas al Creador. Para ello ha defendido una
forma más sofisticada que el universo oscilante para
conseguir ese objetivo: suponer que el tiempo es una dimensión
cerrada (al igual que el espacio en Einstein) de forma que
no tenga ni principio ni final. Algo así como la
longitud de una circunferencia o la superficie de una esfera,
pero a nivel temporal, con lo cual Hawking confía
en eliminar al Creador.
“En tanto en cuanto el universo tuviera un principio,
podríamos suponer que tuvo un creador. Pero si el
universo es realmente autocontenido, si no tiene ninguna
frontera o borde, no tendría ni principio ni final:
simplemente sería. ¿Que lugar queda, entonces,
para un creador?*6”.
Es curioso que semejantes afirmaciones hayan producido material
para un “best seller” en 1988, mientras que
los rigurosos trabajos de Friedmann o Lemaître fueran
considerados como sospechosos unas cuantas décadas
antes. Si un científico cristiano expusiese una declaración
de principios de ese tipo sería atacado en los medios
de comunicación científicos y de masas por
sus prejuicios. Si Pío XII afirmaba la existencia
de Dios como consecuencia de ciertos descubrimientos científicos,
sería predecible y comprensible que alguien intentase
usar el mismo camino para negar al Creador a partir de otros
descubrimientos científicos. Pero en Hawking la negación
del Creador parece convertirse no en la conclusión,
sino en el punto de partida. Esto no parece más que
una pataleta desesperada ante lo que a más de uno
le ha parecido una ironía, amarga, detrás
de la historia que hemos contado aquí. El físico
Robert Jastrow lo había descrito así diez
años antes.
“Se ha producido un proceso extraño en
gran manera, inesperado para todos excepto los teólogos.
Ellos siempre han aceptado la palabra de la Biblia: ‘En
el principio Dios creó el cielo y la tierra’.
[...]. Para el científico que ha vivido con su fe
en el poder de la razón, la historia acaba como un
mal sueño. Ha escalado las montañas de la
ignorancia; está a punto de conquistar el punto más
alto; y mientras se arrastra sobre la roca final, es saludado
por una pandilla de teólogos que han estado sentados
allí durante siglos*7”.
© La alquitara pensativa,
escritor e investigador científico de profesión,
Doctor en Ciencias y colaborador de delirante.org
1. Citado en Mariano Artigas, op.
cit.
2. Citado en Owen Gingerich, op. cit. Traducción
propia.
3. Véase Mariano Artigas, op. cit.
4. Citado en Gingerich, op. cit. Traducción propia.
5. Véase Stanley L. Jaki. The Savior of Science.
Scottish Academic Press, Edinburgh, 1990, p. 104.
6. Stephen Hawking. Historia del tiempo. Del big bang a
los agujeros negros. Crítica, Barcelona, 1988. p.
187.
7. Robert Jastrow, God and the Astronomers. W.W. Norton,
New York, 1978, pp. 115-116. Traducción propia.
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