Lo
que se DICE sobre VENUS
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| El nacimiento de Venus,
diosa del amor e imagen de la belleza. Obra del renacentista
Botticelli (1485). Venus también es el nombre
que se le ha dado al planeta que desde La Tierra se
considera como el más bello. |
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Lo sublime siempre viene de arriba,
de lo divino. Y quizás por este motivo se escogió
a Venus, el más deslumbrante destello de la bóveda
celeste, como representación de la belleza. ¡Mira
que estrella! decimos al contemplar este astro bailando
insinuante sobre la infinita línea de un horizonte
que hace las veces de inabarcable escenario.
Nos dejamos conquistar ante el más centelleante de
los flirteos estelares, pero una vez más, la belleza
despojada de espiritualidad se convierte en hermana evocadora
de espejismos. Venus, como diosa pagana que es, no es luz
sino sombra vacía. La Estrella de la Mañana
ni siquiera es estrella, sino que como vimos hace poco tiempo
en imágenes de los telescopios, se convierte en un
vulgar punto negro de acné al pasar delante del Sol,
quedándose en irrisoria verruga al someterse al insondable
juicio de la luz.
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| Imagen real, vista desde
la Tierra, del planeta Venus pasando por delante del
Sol . |
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Cuando las sondas espaciales nos descubrieron
la superficie de este planeta supimos definitivamente que
su belleza no podía ser más frígida.
Como signo de estos tiempos de cirugía estética
y de imagen por encima de todo nos enteramos de que la reina
del amor y la hermosura era en verdad un vil ángel
caído. Venus es en realidad un infierno de más
de 400 grados centígrados, sin más vida que
la muerte de su propia materia. En ese momento de desencanto
intuimos que Venus nos estaba queriendo decir algo. Creo
que nos avisaba de que la blancura es en ocasiones podredumbre
cuando se atraviesa su epidermis.
Como queriéndonos consolar ante este desengaño
amoroso, un viejo profeta nos hablaba hace milenios de una
poderosa belleza que se volvería hombre y fealdad
hasta el punto de que llegaríamos a decir que “no
hay en él parecer ni hermosura que atraiga las miradas
ni belleza que agrade” (Isaías 53, 2; La Biblia).
Es como si ese tal Isaías quisiera responder a Dostoievski
cuando en la obra El idiota se pregunta angustiado: “¿Qué
belleza salvará el mundo?”. Cuando los griegos
amantes de lo sublime se quisieron acercar a este Mesías
salvador, el propio Jesús anunciado por Isaías
les dice que deben morir a sí mismos, a su ego y
a sus preocupaciones superficiales si realmente quieren
abrazar lo sublime.
En la pasión que llevaría a Cristo al Gólgota,
nuestras vanidades se desfiguraban al mismo tiempo que lo
hacía su propio rostro. El diablo, disfrazado de
vanagloria y acompañado de los pajes Anorexia, Bulimia
e Imagen -entre otros-, no daba crédito a lo que
veía: el propio creador de la hermosura era quien
había destronado la superficialidad para poner el
perdón, la humildad y el amor como reyes legítimos
de lo auténtico.
| “cuando
las sondas espaciales nos descubrieron la superficie
de este planeta supimos definitivamente que su belleza
no podía ser más frígida” |
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Desde el día en que la belleza
se ofreció como salvadora del mundo, muchos de los
seguidores de ese Jesús han visto al arte como una
expresión del Logos donde el encanto sin alabanza
no es nada. Bach, Mozart, Van Dyck, Miguel Ángel
o Dostoievski –entre miles- se inspiraban para su
arte en la adoración al creador de creadores y creación.
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“es
como si ese tal Isaías quisiera responder a
Dostoievski cuando en la obra El idiota se pregunta
angustiado: “¿Qué belleza salvará
el mundo?”.” |
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Ya desde el primer libro de la Biblia
se nos avisaba de que los astros, llamémosles actores,
músicos, deportistas, políticos o planetas...
son sólo creaciones con principio y final. Mientras
veneramos lo vacío y renegamos de lo real nos seguimos
creyendo que detrás de los destellos de Venus hay
vida en lugar de infierno, armonía en lugar de caos,
pero sólo la fuente primigenia de lo majestuoso va
a poder completar nuestra necesidad de amor, estética
y frescura.
Sólo el creador de los astros
tenía autoridad para deformar su rostro y así
evitar que el nuestro no se deshiciera bajo el fuego destructor
de la engañosa prostituta que es Venus. Pero -¡que
gran paradoja!- un mundo hastiado de falsedad sigue en la
perenne autoflagelación de vivir sin oír a
su salvador y temiendo encontrase con aquella belleza de
la que habló Isaías. Y ahora, ¿qué
belleza nos salvará?
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